Severino Pallaruelo: En defensa de la Casa de la Selva

EN DEFENSA DE LA CASA DE LA SELVA

A la atención de D. Raimundo José Lafuente Dios, Presidente de la CHE.

Señor Presidente de la CHE:

Me dirijo a usted para exponer algunos argumentos en defensa de la permanencia de los residentes en la casa de La Selva, una de las viviendas expropiadas cuando se construyó el embalse de El Grado. Tras muchos años abandonada la casa volvió a ser habitada hace algún tiempo. Los pobladores actuales, que han restaurado el inmueble y han recuperado los cultivos en las tierras del entorno, ven peligrar su residencia y su forma de vida por la actuación de los organismos públicos: los mismos, creo, que lejos de dificultar esta permanencia, deben aportar su ayuda para que sigan residiendo en la vivienda que ahora ocupan.

Estoy convencido de que uno de los problemas más importantes, sino el mayor, de los que aquejan a Aragón y a gran parte de España es el de la despoblación. En los Pirineos hay una extensa franja deshabitada en cuyo abandono jugaron un papel determinante los embalses. Esta franja incluye, en Aragón, las ruinas de docenas de pueblos: los de Yesa (Ruesta, Tiermas, Esco…), los de Jánovas (Jánovas, Lavelilla, Lacort…), los de Mediano (Mediano, Plampalacios, Arasanz…), los de El Grado (Clamosa, Puydecinca, Mipanas…), el de Barasona (Barasona) y los de Canelles (Finestras…). Quizá algunos de ellos, siguiendo la tendencia generalizada en el mundo rural, se habrían deshabitado aunque no se hubieran construido los embalses, pero las obras hidráulicas aceleraron y concentraron el proceso. El resultado: una enorme cicatriz desertizada con miles de hectáreas donde antes había pueblos y ahora no vive nadie.

Estamos acostumbrados a escuchar alegatos contra la desertización demográfica e, incluso, en los últimos meses se ha convertido en un lugar común el tema de la “España vacía”. Numerosos alcaldes de municipios amenazados por la despoblación lanzan llamamientos y ofrecen prebendas para atraer nuevos pobladores sin lograr, con frecuencia, su objetivo. Es muy difícil revertir la tendencia despobladora. Pero en el Alto Aragón contamos con algunas experiencias positivas: varios pueblos abandonados hace más de medio siglo han recuperado la vida y hoy cuentan con residentes estables. Estoy pensando en Aineto, Artosilla, Ibort o Bergua. Todos estos lugares ofrecen un panorama más atractivo y más interesante socialmente que las ruinas de las aldeas vecinas que no se han repoblado.

En la parte central del interfluvio Cinca-Ésera, al sur de la hoya de La Fueva, donde se encuentra la casa de La Selva, hay una extensa mancha de territorio boscoso que se despobló. Creo que es interesante -y útil- verlo habitado: la presencia humana permanente fomenta el equilibrio demográfico territorial, mejora la protección del medio natural y contribuye a mantener la variedad paisajística tradicional rompiendo -en lo botánico- la tendencia monoespecífica a la que han ido conduciendo las repoblaciones forestales que llegaron tras la despoblación. Creo que cualquier planificación para un desarrollo sostenible defendería la utilidad de traer pobladores a este territorio. Pues bien: sin necesidad de ningún proyecto desarrollado desde la Administración los pobladores ya llegaron.

Hace falta conocer bien la dureza de la vida en estos montes para valorar en su justa medida el mérito que tienen los que viven y trabajan en la casa de La Selva. Su coraje y su trabajo son admirables y merecen el reconocimiento social.

Señor Presidente, creo que no solo no han de ponerse trabas a esta acción repobladora sino que este tipo de iniciativas han de fomentarse brindándoles todas las ayudas que la Administración pueda ofrecer. Su opción de vida, la de quienes viven en la casa de La Selva, lejos de crear problemas, es de elevado interés social.

Espero que desde la CHE tengan la amplitud de miras necesaria para explorar esta vía de la repoblación en la gestión del amplio patrimonio que la política hidráulica de los años 50 y 60 del siglo pasado puso en sus manos.

Reciba un atento saludo,

Severino Pallaruelo Campo